Hipatia, una altiva mujer de excepcional inteligencia, vivió sus últimas horas en el año 415 de nuestra era, escribiendo un pergamino en el que legaba al futuro sus dudas, conocimientos y pasión por las matemáticas, mientras las hordas de enfervorecidos cristianos pedían su muerte por las calles de Alejandría.
Ese pergamino, transmitido de manera paradójica a lo largo de los siglos, ha sido propiedad de otras mujeres que, como Hipatia, sintieron la pasión por las matemáticas y la desazón de tener limitado el acceso a la ciencia por su condición de mujer.
Matemática es nombre de mujer, en un fino bordado que entrelaza ficción y realidad, recoge los escritos de algunas de ellas que, de forma apócrifa, yacen en recónditas bibliotecas europeas.
Madame du Châtelet, amante y compañera intelectual de Voltaire; Ada Lovelace, hija de lord Byron; Florence Nightingale, madre de la enfermería moderna, y otras, reflexionaron, tras el impacto emocional que les provocó el papiro de Hipatia, sobre el tiempo que les tocó vivir, sobre las matemáticas que pudieron conocer y sobre las condiciones personales (casi siempre negativas) en las que fructificó su pasión científica.